Lo que nos pasa con Messi
Durante el Mundial le pusimos The Last Tango a un proyecto que todavía no existía.
Era una forma más o menos elegante de decir en voz baja algo que ninguno de nosotros quería pronunciar demasiado fuerte: quizás estábamos viendo los últimos partidos de Lionel Messi con la Selección Argentina.
Ahora sabemos que también era una profecía.
Messi anunció que no jugará más con la Selección y aquellas palabras que elegimos casi como una intuición terminaron adquiriendo un peso completamente distinto.
El último tango.
El último Mundial.
La última vez que millones de argentinos organizamos nuestras vidas alrededor de un partido para verlo entrar a una cancha con nuestra camiseta.
El mundo entero sabe quién es Messi.
Conoce sus goles, sus récords, sus Balones de Oro y esa forma absurda que tiene de llevar la pelota pegada al pie. Lo vieron ganar todo. Lo aplaudieron en Barcelona, París, Miami y en cualquier lugar del planeta donde hubiera una persona capaz de entender lo extraordinario que estaba pasando.
Pero creo que los argentinos sabemos algo más.
Nosotros sabemos dónde estábamos cuando hizo determinados goles. A quién abrazamos.
Qué amigo empezó a llorar. Qué familiar ya no estaba para ver el partido. En qué casa, en qué bar o en qué parte del mundo nos encontró cada una de esas alegrías.
Para el resto, Messi es posiblemente el mejor jugador de la historia.
Para nosotros también es una forma de medir el tiempo.
Crecimos con él.
Lo vimos crecer a él.
Lo vimos convertirse en el mejor del mundo, caer, levantarse, volver a intentarlo y elegir una y otra vez la misma camiseta con la que tantas veces las cosas parecieron empeñadas en no salirle.
Hasta que salieron.
Y vaya si salieron.
Quizás por eso, durante este último Mundial, había algo especialmente conmovedor en verlo jugar. Ya había ganado todo. Ya había cerrado cada discusión posible. Ya había transformado las frustraciones en una de las felicidades colectivas más grandes de nuestra historia.
Y ahí estaba otra vez.
Corriendo.
Peleando cada pelota.
Sacando de la galera un pase, un gol o una jugada de otro planeta.
En algún momento, después de uno de esos partidos, alguien escribió en nuestro Slack algo bastante parecido a lo que todos estábamos pensando:
“Mirá lo que sigue haciendo este pibe.”
Porque, a pesar del paso del tiempo, seguía estando el pibe.
El mismo que parece completamente feliz cuando tiene una pelota cerca. El que encontró muy temprano aquello que lo apasionaba y tuvo el coraje, la disciplina y probablemente también la obsesión de intentarlo siempre.
No hay demasiado misterio sobre qué mueve a Messi.
Lo hace feliz jugar a la pelota.
Y verlo tan feliz nos hizo felices a millones.
Los goles eran suyos. La emoción, de millones.
La idea de The Last Tango empezó a aparecer ahí, entre la épica que crecía partido tras partido y la conciencia inevitable de que aquella historia se acercaba a su final.
Sentimos que teníamos que hacer algo.
No para explicar quién era Messi. Tampoco para resumir una carrera que no entra en ningún resumen. Mucho menos para agregar una pieza más a todo lo que ya se había hecho alrededor de él.
Queríamos devolverle algo.
Un gesto pequeño frente a una alegría enorme.
Y, en el fondo, había una pregunta todavía más personal, más improbable y más emocionante:
¿Y si le llega?
¿Qué pasaría si ese regalo hecho desde Argentina encontraba, por alguno de esos caminos extraños que toman las cosas, la manera de llegar hasta él?
Con esa posibilidad alcanzaba.
Registramos el dominio y empezamos a construir el proyecto en medio del Mundial. Lo metimos por la ventana del estudio, entre entregas, reuniones y todo lo que ya estaba pasando.
Argentina jugaba.
Argentina ganaba.
Y después de cada partido aparecía el mismo mensaje:
“Seguimos.”
Seguíamos en el Mundial y seguía creciendo la historia.
Para nosotros también significaba algo más: teníamos unos días adicionales para terminar el regalo.
Así trabajamos durante diez días. Un grupo de amigos, fanáticos, diseñadores, artistas 3D y developers tratando de darle forma a una emoción que, para ese entonces, ya era mucho más grande que nosotros.
El desafío no era solamente técnico.
Podíamos reunir sus últimos goles, ordenar videos y construir una galería espectacular. Pero eso habría contado lo que Messi hizo. Nosotros queríamos representar lo que Messi había provocado.
Los goles eran suyos.
La emoción era de millones.
Y ahí apareció la idea que terminó de ordenar todo: si había millones de personas felices gracias a él, cada una de ellas podía estar representada por un punto.
Un punto por cada persona que gritó.
Por cada persona que lloró frente a una pantalla.
Por cada familia que se abrazó.
Por cada argentino que salió a la calle con una bandera.
Por cada persona que, aun estando a miles de kilómetros, sintió durante unos segundos que todo un país respiraba al mismo tiempo.
Millones de puntos reconstruyendo sus últimos goles con la Selección.
Porque Messi nunca jugó solo.
En cada una de esas jugadas estábamos también nosotros: mirando, sufriendo, empujando la pelota desde el sillón y haciendo todas esas cábalas completamente ridículas que, por supuesto, fueron fundamentales para que Argentina ganara.
La tecnología nos permitió transformar esa idea en una experiencia. Trabajamos con partículas, profundidad, movimiento y WebGL para que cada gol pudiera recorrerse desde distintos lugares, casi como si el tiempo se hubiera detenido justo antes de que la pelota entrara.
Ese segundo de silencio.
El gol.
El abrazo.
El grito que ocurre al mismo tiempo en millones de casas.
Entonces entendimos que The Last Tango no era solamente un homenaje a Lionel Messi.
También era una manera de guardar todo lo que nos había pasado gracias a él.
El regalo sigue viajando
Terminamos el proyecto, dejamos que bajara un poco la euforia, corregimos algunos detalles y finalmente lo compartimos con el mundo.
Tiempo después ganó un FWA. Fue una alegría enorme y un cierre precioso para algo que habíamos hecho completamente a pulmón.
Pero el premio nunca fue el destino de este regalo.
El destino siempre fue uno solo.
Hoy sabemos, por algunas conversaciones y personas que aparecieron en el camino, que The Last Tango llegó hasta el círculo íntimo de Leo.
Eso significa que la pregunta inicial ya no parece tan imposible.
Quizás lo vea.
Quizás alguien se lo muestre.
Quizás, durante unos minutos, recorra con el dedo alguno de esos goles y descubra que cada uno de los puntos que lo rodean representa a una persona a la que hizo feliz.
Me encantaría saberlo.
No necesito una foto ni una gran respuesta. Me alcanzaría con un like, un comentario o un mensaje de alguien que me dijera: “Sí, Leo lo vio”.
Por ahora, el regalo sigue viajando.
Y me gusta pensar que, en algún momento, puede completar ese recorrido extraño que empezó en un chat después de un partido y terminar frente a la persona para la que fue creado.
Porque hicimos una experiencia para millones con la esperanza de llegar a uno solo.
Una forma muy nuestra de decirle gracias.
Gracias por intentarlo siempre.
Gracias por volver.
Gracias por cada uno de esos abrazos.
Y gracias, sobre todo, por hacernos tan felices.
































































